El legado de Botticelli

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Victoria & Abert Museum agasajó a los amantes de Sandro Botticelli, con una exposición que exploró la variedad de formas en que artistas y diseñadores han respondido al legado artístico del florentino. Recorremos «Botticelli Reimagined»: un itinerario desde lo contemporáneo hasta el renacimiento italiano.

Texto: Mariana Boggione

Fotos: Gentileza Victoria & Abert Museum

Publicado en Revista Solo Líderes N°62

 

Botticelli es ahora reconocido como uno de los más grandes artistas de todos los tiempos. Sus célebres imágenes están arraigadas en la conciencia pública y su influencia impregna el arte, el diseño, la moda y el cine. Sin embargo, aunque alabado en su vida, Botticelli fue olvidado por casi 300 años, hasta que su trabajo fue redescubierto progresivamente en el siglo XIX, para ser tomado como fuente de inspiración de numerosas piezas de arte.

Es así que la muestra «Botticelli Reimagined», organizada por Victoria & Abert Museum (V & A) de Londres y Gemäldegalerie – Staatliche Museen zu Berlin, propone un itinerario que incluye más de cincuenta originales de Botticelli, junto a trabajos de Dante Gabriel Rossetti, Edward Burne-Jones, René Magritte, Elsa Schiaparelli, Andy Warhol y Cindy Sherman. En palabras de Martín Roth, Director del V & A, «esta ambiciosa exposición considera su legado, y muestra cómo y por qué se ha impregnado en nuestra memoria visual colectiva».

 

Los emblemáticos Andy Warhol, Lady Gaga y Dolce & Gabbana

Botticelli Reimagined cuenta con una sección íntegramente permeada por la influencia de «El nacimiento de Venus».  Por su parte, Andy Warhol transforma con su paleta de colores la cara y el pelo del ícono de Botticelli en «Details of Renaissance Paintings», mientras que «Venus After Botticelli» de Yin Xin, la reinterpreta con rasgos asiáticos, y en «Rebirth of Venus», David La Chapelle recrea la escena dándole un tinte kitsch, con una modelo rubia escoltada de dos hombres musculosos.

Dolce & Gabbana también echó mano de esta obra maestra, y realizó su colección primavera- verano del 1993, con géneros estampados con detalle de la Venus. Y la iconografía de Botticelli se reinventa sin límites: la muestra incluye una pieza publicitaria de la firma de moda italiana con Lady Gaga con un total look de esa colección, elegida para promocionar su álbum Art Pop del año 2013. Además, la exposición incluye dos vestidos de Elsa Schiaparelli, que datan del año 1938, inspirados en «Pallas y el Centauro».

 

La influencia en el séptimo arte

Otra sección dentro de la muestra deja ver la huella de Botticelli en el cine: se evidencia en la escena de Ursula Andress saliendo del mar juntando una concha de caracol en «El Satánico doctor No» y Uma Turman también encarna esta Afrodita en «Las aventuras del barón Munchausen», de Terry Gilliam.

Bill Viola también se basó en la obra del florentino en su ciclo digital «The path going forth by day»; mientras que en «5th surgery performance – Operation opera», la francesa Orlan se somete a una cirugía plástica para parecerse a la protagonista de la pintura. Esta sección también incluye la surrealista «Le ramo tout fait» de René Magritte, y obras clave de Maurice Denis, Antonio Donghi y Robert Rauschenberg.

 

Redescubrimiento y Primavera

Un apartado de la exposición refleja el impacto del arte de Botticelli en el círculo prerrafaelita durante la mitad del siglo XIX. Dante Gabriel Rossetti, John Ruskin y Edward Burne-Jones adquirieron las obras de Botticelli, y su estética se reinterpreta en  «La Ghirlandata» de Rossetti y en «The Mill: Girls Dancing to Music by a River» de Burne-Jones.

«La Primavera» preside esta sección, interpretada por William Morris en «The Orchard»: un tapiz que representa damas medievales en un hermoso entorno. «Flora», de Evelyn De Morgan Silvestres, ilustra la ninfa de las flores, junto a una película de la bailarina y coreógrafa Isadora Duncan danzando que data del 1900.

Las copias de «El nacimiento de Venus» de Edgar Degas y Gustave Moreau, así como «Two Women copying Botticelli’s fresco of Venus and the Graces» de Etienne Azambre, demuestran que imitar a Botticelli está de moda. Allí, su influencia europea se manifiesta en las grandes pinturas de Jean-Auguste-Dominique Ingres, Arnold Böcklin y Giulio Aristide Sartorio.

 

Botticelli en su propio tiempo

El último tramo de la muestra se denomina «Botticelli en su propio tiempo», y demuestra que él fue tanto un artista sumamente calificado, como un diseñador original que dirigía un exitoso taller. Los objetos expuestos incluyen su única pintura firmada y fechada: «La Natividad Mística», tres supuestos retratos de la legendaria belleza de Simonetta Vespucci, y «Pallas y el Centauro» del 1482.

Una serie de variaciones sobre la Virgen y el Niño en diferentes formatos, exaltan su creatividad como diseñador, mientras que su habilidad como dibujante es evidente en un espectacular grupo de dibujos, incluyendo cinco de sus ilustraciones de la Divina Comedia de Dante. El espectáculo se cierra con dos pinturas monumentales de Venus, repitiendo la heroína de «El nacimiento de Venus», y también cuenta con el retrato de una señora conocida como Esmeralda Bandinelli (c. 1470-5), anteriormente propiedad de Rossetti y restaurado especialmente para esta exhibición.

 

Moncarz: el pintor de la música

Representará a Argentina en la próxima Bienal de Florencia. Sus obras no tienen bocetos ni preparaciones previas. Surgen de un estilo libre y genuino, espontáneo, que aspira a transmitir sentimientos imposibles de repetir, imposibles de planear.

 

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Su obra de la bienal pasada fue vendida de inmediato y tuvo una repercusión maravillosa; se augura que “Vientos de Cambio” tenga la misma suerte.

 

 

En sus seminarios de Arte Potencial, el artista transmite su experiencia de la fusión entre la pintura y la música mientras realiza una obra en vivo.

 

Por Lic. Mariana Boggione

(Publicado en Revista Doquier n°84 – Nota de tapa)

Nacido en Argentina, Norberto Moncarz inició su formación artística en Brasil y luego la completó en Buenos Aires. Su obra no es una composición de técnicas ni una evolución de experiencias acumuladas; es la expresión más genuina de su propio ser. Él mismo no se imagina haciendo algo que lo represente de una manera más auténtica. Aunque sus comienzos fueron variados, lo abstracto es un modelo en el que se mueve con agilidad, se expande sin límites.

En la pintura encuentra reflejadas sus aspiraciones más profundas, una manera de comunicación que trasciende palabras y actos; llega a niños, adultos, a distintos sectores sociales: es un idioma amplio, con códigos de interpretación libre. Convencido de que para la creación no hay etiquetas, en sus obras deja ver un claro sentido de la experimentación. No hay rótulos, no hay lógica que condicione la interpretación de sus expresiones artísticas.

Sus obras tienen varios niveles de lectura y cada cual penetra hasta la profundidad que quiera o pueda, no hay reglas fijas. Ni siquiera el mismo artista sabe cuántos estratos se pueden bucear. Para él también es un desafío creativo.

En la Bienal de Florencia

De técnica mixta y una medida de 140 x 180 cm., la obra “Vientos de Cambio” refleja un momento particular de la vida de Moncarz, donde el cuadro representa un sentimiento que nace de lo más profundo de su ser. Allí se plasma la búsqueda del color en un concepto amplio, dándole sentido y dimensión al movimiento, donde el futuro va tomando cuerpo a través de una vivencia plena del presente.

Del 30 de noviembre al 8 de diciembre de este año, con “Vientos de Cambio” Moncarz estará representando a la Argentina en la Bienal de Florencia, uno de los eventos más importantes de arte del mundo, a realizarse en La Fortaleza di Bazzo.

Por segunda vez consecutiva, el artista estará representando al país en esta cumbre internacional del arte, que reúne a 650 artistas de todo el mundo. Para que esto sea posible, la obra tiene que ser aprobada por un comité científico de 50 integrantes del mundo.

Gracias a su experiencia anterior, y al formar parte del libro que se distribuye en las galerías del mundo, fue a posteriori invitado a exponer en Venecia, Estambul, Mónaco, New York, entre otras grandes ciudades.

La obra de la bienal pasada fue vendida de inmediato y tuvo una repercusión maravillosa. Se augura que “Vientos de Cambio” tenga la misma suerte y llegue a los miles de visitantes que recorren La Fortaleza, con la misma respuesta, tan gratificante para un artista.

El desafío de reinventarse

“La vida es una aventura donde el camino es reinventarse”. Así introduce Moncarz sus seminarios de Arte Potencial. Mediante un diálogo interactivo, el artista transmite su experiencia de la fusión entre la pintura y la música, mientras realiza una obra en vivo. Luego de la presentación, se distribuyen los distintos materiales para que los presentes puedan plasmar su creatividad y disfruten de una nueva experiencia.

El taller busca impulsar la superación de las propias limitaciones y las del contexto, la activación y desarrollo de la sensibilidad a través del arte, el redescubrimiento de lo auténtico, el conocerse así mismo para detectar talentos y habilidades sin detenerse en los resultados, el abandono de viejos mandatos y el desafío de reinventarse.

El arte transforma la percepción frente al mundo. También apasiona y descubre nuevos mundos, confundidos en lenguajes plásticos, fotográficos y musicales. Allí el artista se confunde frente al espacio visual, como un estadío de liberación en el cual fluye su ser, donde todo conecta energéticamente y confluye hacia la abstracción. Su obra es una provocadora insinuación disruptiva, conceptualiza la energía de lo presente: la ambivalencia entre la furia y la alegría social.

Arte Potencial

“Arte Potencial para chicos” es su proyecto, su sentimiento, dirigido a todos los niños para transmitirles la libertad de expresión. Atril, bastidor y pinturas. Toda una sala empapelada de cartón corrugado para poder salpicar pintura, y manchar manos y ropa con tranquilidad.

La música, infaltable para sus actividades, es seleccionada especialmente por Moncarz, quien toda su vida fue DJ, y no duda en interactuar bailando con la gente. Tal es así que alguien le dijo hace poco, conociendo su anterior actividad, que “hoy está bailando sobre la tela, transformando la música en colores”. En muchos eventos lo acompaña su hijo, también amante de las consolas y con 18 años ya reconocido dentro de la música electrónica, lo que permite una maravillosa fusión padre-hijo compartiendo la pasión por el arte.

Con los niños en la sala, primero les cuenta lo que va a hacer: pintar una obra para que ellos puedan ver cómo lo hace, qué elementos utiliza, qué técnica, qué colores… Cuando termina su obra, los chicos pueden llenarse los rostros de colores que juegan entre sus miradas y la música sonando, con ritmos contagiosos al punto de hacerlos aplaudir y bailar. Luego ellos pueden tomar lo que vieron, y volcarlo a una remera blanca, invadida en su pureza por un arco iris de creatividad.

En los días siguientes, los chicos intervienen sus aulas con temáticas distintas: la noche, el otoño, el mar… he aquí la última etapa de esta actividad, para invitar a padres y familias a compartir una tarde de arte.

Crear, divulgar y leer arte es para él enseñar, comunicar. Dar a través de las obras a quienes lo necesitan es un propósito claro en su vida. Definitivamente, para Moncarz, triunfar es expresarse.

La inspiración de Botticelli

La bella Simonetta Vespucci sería inmortalizada como la gran musa del Renacimiento en Florencia. Su figura se mueve a lo largo de toda la obra pictórica creada por su vecino y enamorado, Alessandro Filipepi, más conocido como Botticelli.

 

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“El Nacimiento de Venus”, expuesto en la Galleria degli Uffizi, es la suma poética de cuanto Botticelli amó, y amaron todos los florentinos.

 

En el museo completo de Sandro, la vemos caminando, danzando, con sus amigas en una comitiva, reposando, de espaldas, de frente…

 

Por Mariana Boggione

(Publicado en Revista Doquier n° 81)

De todos los enamorados de Simonetta Vespucci, Sandro Botticelli fue el más cobarde, el más valiente, el más tímido, el más resuelto, el más constante, el más desconocido, el más presente, el más ausente, el más vigilante, el más distraído, el más callado, el más hermético, el más expresivo y el más fiel.

Sandro Botticelli se llamaba Alessandro Filipepi, pero lo apodaron Botticelli por trabajar junto a un bebedor a quien le decían Il Botticello (botellón). La familia Filipepi era del mismo cuartel que los Vespucci. Siempre vivieron vecinos. Entre los que primero vieron a Simonetta estaba Botticelli. Él era ocho años mayor que ella, y la descubrió cuando todos la ignoraban. Luego la llamarían “la bella Simonetta”, por ser la más hermosa de Florencia.

Sandro había nacido para el arte. Primero se acogió a la obra de Filippo Lippi, y luego a la de Pollaiuolo. Sus primeras pinturas son un eco de las Madonnas de Lippi, o de las afirmaciones escultóricas de Pollaiuolo. De pronto se descubre, se rebela, se emancipa. Surge con un estilo propio. Pasa a ser definitivamente Sandro Botticelli por el milagro de la casa vecina, gracias a la Simonetta. Por aquél entonces hace su retrato en “La Adoración de los Reyes Magos”.

El Nacimiento de Venus

Simonetta inspiró las obras más hermosas del Renacimiento italiano. “El Nacimiento de Venus”, expuesto en la Galleria degli Uffizi, es la suma poética de cuanto Botticelli amó, y amaron todos los florentinos. Una figura de mujer que escapa a todos los triunfos de la muerte y que, viviendo, sabe hasta dónde es efímera la vida de una rosa. Si de toda esta época no hubiera quedado sino esa imagen, con ella sola se podría decir que hubo, en el mundo, un Renacimiento.

Todo en esta Venus, siendo tan fresco, es ya maduro. Y sin bien se mira ese rostro que ha pintado ahora Botticelli, es un rostro que él conoce y pinta tiempo atrás, que viene dibujando y coloreando desde hace doce años, decena de veces en sus cuadros, y centenares en sus sueños. Es un rostro que ha caminado por todas sus obras para llegar a este triunfo final. Es el de Judith que va al campo enemigo, el de la Virgen en “La Adoración de los Reyes Magos”, el de “La Madonna del Mar”, el de la figura central de “La Primavera”, el de una de las Gracias en “La curación del leproso”, el de la compañera de Giovanna degli Albizzi en los frescos del Louvre, el de la diosa en “Venus y Marte” de la National Gallery. Es un rostro que más que perseguido, ha acompañado al poeta dibujante, y que él lo ha ido siguiendo, fidelísimo, en su doble vida de belleza y tristeza. Al llegar al momento en que su encanto total culmina, la pinta. Esa es esta Venus. Su rostro de creciente en creciente fue acercándose a la perfección, hasta llegar a su plenitud.

Hizo lo mismo Botticelli con las manos, el cuerpo, los brazos, las piernas. La obra toda del pintor no es sino un vasto cuadro por donde va moviéndose esta misma figura. Es el más grande políptico en la historia del arte. Si en “La Primavera” vemos cinematográficamente andar a Simonetta, en el museo completo de Sandro, en lo que hoy se llamaría su muestra personal, la vemos cien veces, caminando, danzando, con sus amigas en una comitiva, reposando, de espaldas, de frente, moviendo el rostro para que se vean sus contornos en un giro que muestre sus perfiles. Decir cien veces no es exageración, porque cada una de las imágenes que él pintó se nos va animando en el recuerdo, va moviéndose y multiplicándose.

Hasta el día de “El Nacimiento de Venus”, Botticelli fue presentando una Simonetta vestida. Nunca antes había llegado a ese puerto final de su audacia en que por fin atropelló toda reserva y decidió decir: “ella era así”. En la más inmediata de sus representaciones anteriores, la de “Venus y Marte”, Simonetta está más vestida que nunca. Y lo que hizo al despojarla de todo velo, lo hizo al liberarle los cabellos. Él, antes, no hizo sino peinarla, recogerle en trenzas apretadas que sostenían hilos de perlas, una cabellera que al desatarse sería la bandera del triunfo.

La liberación y la verdad

Hay en Berlín, en Londres y en Lucerna otras tres Venus, que si fueran de Botticelli no harían sino continuar el estudio de la misma figura subyugante. No son suyas: son ese no poder morir de las imágenes que él creó en la mente de sus discípulos. Éstas Venus vuelven otra vez a los cabellos apretados en trenzas duras. Eso no podía hacerlo Botticelli, a menos que fueran viejos esquemas de su musa aún encadenada… Pero no, él tuvo que concebir esta obra como la de la liberación de todo lazo inmediato. Liberaba a Simonetta para que volara. Después de esa libertad, la muerte. La otra figura, la de una mujer que avanza en el cuadro con el telón ya listo para correrlo en el último acto, indica el final de la fugaz aparición de Simonetta en el mundo florentino.

Sólo una vez más repitió la aparición de la diosa, ya no fingiendo una Venus, sino una Verdad. Nuevamente con la cabellera desatada, ya no triste, sino trágica, en un extremo de la espantable escena donde se juega todo el teatro de “La Calumnia de Apeles”, con el Chisme, el Embuste, la Violencia, y la Injusticia repartiéndose los papeles del juicio brutal. Ahora sí, la Verdad levanta el índice, señalando la justicia divina, olvidada en el comercio de fraude de los hombres.

Botticelli pintó “El Nacimiento de Venus” nueve años después de la muerte de La Bella. Con la muerte de la amada, su vigor físico fue desintegrándose. Lo enterraron en la iglesia de Ognissanti en Florencia, a veinte pasos de la tumba de Simonetta. Guardando los dos amantes la misma distancia de siempre.

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El vértigo creativo de Gaudí

El simbolismo y la capacidad de síntesis son los atributos más característicos de este genio de la arquitectura, quien logró hablar a través de las piedras en un estilo signado por la naturaleza del Mediterráneo.

 

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Por Mariana Boggione

(Publicado en Revista Doquier n° 80 – Nota de tapa)

 

La Sagrada Familia por dentro es como un bosque, amplio e íntimo, y la luz que entra por sus casi 300 ventanales infunde una paz inigualable.

 

Logró que el mar se refleje en Casa Batlló, con el objetivo de que el Mediterráneo, como naturaleza, rompa la simetría de los barrios barceloneses.

 

Encontrarse consigo mismo y con la naturaleza es uno de los grandes legados que Antoni Gaudí dejó a la humanidad, materializado en sus obras arquitectónicas. Sin duda su manera de fusionar estructura, función y simbolismo lo han convertido en un creador inigualable.

Todo en Gaudí es un vértigo vertical ascendente, que eleva, conmueve, sacude y llama a la reflexión. Su obra podría denominarse un “arte de la vida”, inspirado en la naturaleza de aquel mar que descubrió de niño. Decía: “Este mar era mi universidad y el rompeolas la clase preferida, allí donde se respiran los vientos y se ven las olas que vienen del norte, del este y del sur”. El Mediterráneo era una necesidad para Gaudí. Él creía que la luz de 45º del Mediterráneo era la que mejor iluminaba; en su flora, fauna y forma de vida halló su fuente de inspiración para sus obras póstumas: Casa Batlló, Casa Milá (La Pedrera), y sin lugar a dudas, el templo expiatorio de la Sagrada Familia.

La Sagrada Familia por dentro es un bosque del Mediterráneo, amplio e íntimo, y la luz que entra por sus casi 300 ventanales infunde una paz inigualable. Tan importante era para él la luz que decía: “La gloria es la luz, la luz es el gozo, el gozo es la alegría de la esperanza”.

Casa Batlló es el resultado de una antigua casona restaurada, y logró no que se refleje en el mar sino que todo un mar se refleje en ella, con el gran objetivo de que el Mediterráneo, como naturaleza, estuviera en ese inmueble y así se rompiera la regularidad y simetría de los barrios barceloneses. Tal fue la genialidad plasmada en Casa Batlló que en 1933 Dalí la describió en la Revista Minotaure (Paris). Asimismo, el dueño de este inmueble recomendó al Sr. Milá que contrate a Gaudí para construir su nueva casa, luego conocida como La Pedrera, que simboliza los signos del agua sobre la arena.

Cultura de la naturaleza

Gaudí admiraba a los griegos y el gótico, pero los superó por su gran poder de síntesis y su capacidad de trasladar la naturaleza a la arquitectura y al arte. En esta “cultura de la naturaleza” deja a la naturaleza mostrarse, ser.

Su método de trabajo era el empirismo visual y el naturalismo. A partir de la observación, veía los problemas de la naturaleza y las soluciones que ésta les daba. Un ejemplo de ello es el surgimiento de una forma muy característica de él, los paraboloides, que surgieron a partir de la observación de las patas de un escarabajo y de cómo éste se podía sostener sobre una base oblicua.

Gaudí era sobre todo un hombre sintético: seduce por su originalidad, entendida como el regreso al origen, a lo natural. Toda su obra es síntesis del mar, de espacio fluido, de dinámica a la vez viva y formal.

Gaudí era un artista que evolucionaba, por lo tanto este uso de la naturaleza es diferente en sus primeras obras que en las últimas. Hay elementos que se mantienen siempre, como el color, que es expresión de vida. En principio la naturaleza está presente con formas que son copia de las formas naturales; después, poco a poco, Gaudí va introduciendo en sus edificios superficies curvas que son naturalistas, que parece que se mueven. Y al final de su vida, en la Colonia Güell y en la construcción de la Sagrada Familia, construye con formas geométricas que ve en la naturaleza. Esto, por ejemplo, en el interior de la Sagrada Familia, le permitió construir un bosque a partir de rectas que se mueven en el espacio.

Genialidad creativa

Dicen que Gaudí nunca imponía un significado a su obra. Con ella buscaba potenciar la imaginación del espectador. Lo que sí sabemos es que sintetiza aspectos naturales para ser habitados, ya que sólo los espacios poéticos pueden ser habitables. Así ha logrado transportar las estructuras movibles del agua a la arquitectura, en imágenes sincopadas, que no siguen una lógica visual.

La Sagrada Familia es conocida por ser una obra en constante construcción, pero no es una obra inconclusa, sino que es un proyecto planteado para hacer con otros y que se puede aplicar: hoy, quienes están continuando el proyecto, trabajan con los planos y maquetas que Gaudí dejó. En palabras de Jordi Faulí, arquitecto director adjunto de las obras de La Sagrada Familia, “hoy construimos siguiendo sus ideas”, y estiman que en el año 2026, en el 100º aniversario de la muerte de Gaudí, se estará terminando esta obra, que se construye con el aporte de fieles y visitantes. Ese será el momento en que La Sagrada Familia podrá funcionar de forma efectiva, tal como la imaginó su genial arquitecto.

Crear es diferenciar formas que se complementan. Sin dudas Gaudí ha sabido crear espacios poéticos y continuos que envuelven toda una ciudad. Con su genialidad, profundidad espiritual y poder de simbolismo ha logrado que las piedras se muevan en una síntesis naturalista donde el espectador percibe la atmósfera fresca y única del Mediterráneo.

Influencias gaudinianas

Si bien ha habido arquitectos y artistas que han querido acercarse al estilo gaudiniano, auténtico y único, cada uno proyecta y tiene diferentes fuentes creativas. Hay arquitectos que dicen que su obra surge también de la observación de la naturaleza. Un ejemplo puede ser -aunque su arquitectura va por caminos que no son exactamente los de Gaudí- Santiago Calatrava. Los discípulos de Gaudí utilizaban las geometrías que él utilizaba en sus proyectos; y han proyectado edificios con hiperboloides y paraboloides, como es el caso de Félix Candela.

A su vez la acogida de Gaudí en Oriente ha ido creciendo. Actualmente se destacan los estudios realizados por el Dr. Ire, en colaboración con la profesora de Arte en la Universidad Internacional de Catalunia, Concepción Peig, y los estudios desarrollados en las ciudades japonesas de Tokio, Kioto, Nagasaki y Fukuoka.

Gaudí y el Mediterráneo

Como especialistas en la obra de Gaudí, los españoles Concepción Peig y Jordi Faulí estuvieron en Rosario en agosto pasado para disertar en torno a la temática “Gaudí y el Mediterráneo”, haciendo un recorrido por la obra de este arquitecto y ayudando a descubrir la belleza de la vida que su arte expresa. Visitaron nuestro país invitados por Austral Cultura, el área de cultura de la Universidad Austral.

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Entre bancos spaghetti y Givenchy

Pablo Reinoso vive en París, pero es argentino. Su trayectoria abarca desde obras impactantes de fama mundial hasta la dirección artística de los perfumes más deseados. Su último trabajo, en ArteBA, renueva la vigencia de un estilo único.

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En la última edición de ArteBA, sorprendió con una obra escultórica en acero inoxidable que sobrevolaba sobre los transeúntes.

 

Ha sido responsable de la estrategia de producto y difusión de Givenchy, una de las compañías con mayor valor de imagen en el mundo.

 

Por Lic. Mariana Boggione

(Publicado en Revista Doquier n°78)

 

El artista plástico y diseñador argentino Pablo Reinoso practica la escultura y el diseño en París desde fines de la década del ‘70, ha sido invitado a la Bienal de Venecia y cuenta con obras en diversas colecciones públicas del mundo. En nuestro país sus trabajos se exhiben en el Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (MACRO), en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA) y en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA). En Brasil dejó su huella en el Museu de Arte Moderno de São Paulo. También posee obras en el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (MUSAC), ubicado en las entrañas de España, así como en la capital francesa, en el Centre Georges Pompidou, Fonds National d’Art Contemporain, y Musée des Arts Décoratifs, entre otras.

Sus trabajos se despliegan en un territorio de frontera entre distintas disciplinas: las artes plásticas, el diseño y la dirección artística. Ha trazado una evolución que abarca desde esculturas de influencia étnica en hierro, piedra y madera (especialmente en sus inicios), hasta trabajos para firmas con el renombre internacional de Givenchy y Loewe. En la segunda mitad de los ‘90, su trayectoria dio un brusco giro y se orientó más decididamente hacia lo contemporáneo.

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En la última edición de ArteBA, Reinoso exhibió un imponente trabajo que se elevó por sobre el Bar Chandon, habitual escenario de expresiones artísticas que rescatan nuevos movimientos y tendencias. El artista sorprendió con una obra escultórica en acero inoxidable que sobrevolaba sobre los transeúntes.

La llamada “Reflejo del Infinito” es una nube reflejante, un gran moebius con un camastro debajo donde la gente se puede recostar a mirar la obra. A su vez, como si fueran muelles que salen de esa especie de isla rectangular conformada por el camastro, se desprenden mesas con espejos, generando con sus reflejos la impresión de poseer y expandir pedazos de la escultura.

Una vez más, Reinoso introduce un elemento de función en este trabajo, que toma como lenguaje artístico al firulete. “Algo ocurre que en la obra tarde o temprano termina teniendo una función, más o menos abstracta. La función es un elemento más con el que trabajo”, afirma el artista. Así ocurre también con sus famosos “bancos spaghetti”, donde el objeto se libera de la función para la cual fue concebida y retoma un camino de libertad onírica.

Entre el arte y el diseño

Pablo Reinoso es diseñador de producto y consultor en comunicaciones desde los años ‘90. A principios de este milenio fundó su propia compañía: “Pablo Reinoso Studio”. Se ha desempeñado como director de arte y comunicación, siendo responsable de la gestión de marca, estrategia de producto y difusión de una de las compañías con mayor valor de imagen en el mundo: Givenchy. Hasta los 40 años vivió de la escultura, pero varios trabajos en diseño y teatro le abrieron las puertas de la gran empresa de cosméticos. El trabajo más completo es el que realizó con las marcas Givenchy y Loewe, ya que al tener las riendas durante muchos años pudo transformar la imagen de la marca, según ha dicho, para llevarla “adonde pensaba que tenía que ir”.

También se destacan sus proyectos de imagen en el fútbol europeo. Uno de los últimos ha sido la presentación de la camiseta del Olympic de Marseille -para usar el campeonato que viene- en colaboración con Adidas.

Reinoso confiesa que la dirección artística le enseñó a ordenar los signos: “Es como un director de orquesta que tiene que llevar a cabo la interpretación de una música, y cuenta con distintos músicos, timbres, instrumentos…, la misión del director de orquesta, como de un director artístico, es definir qué sentido tiene todo eso y llevar al equipo en esa dirección.”

Reinoso incursionó también en la arquitectura; disciplina que puede vislumbrarse en sus obras. Mientras su trabajo como artista le implica una auto-reflexión, en su tarea de diseñador en la compañía francesa despliega sus dotes de arquitecto. Tanto en sus famosos “bancos spaghetti”, como en la última fragancia sacada al mercado, las figuras, objetos, sonidos y materiales que salen de sus manos tienden a ponerse en movimiento.

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Chandon en ArteBA

No es casual que la participación de Pablo Reinoso en ArteBA haya llegado de la mano de Chandon. En cada edición de esta muestra, la bodega busca sorprender poniendo en escena expresiones innovadoras dentro del universo artístico local e internacional.

La firma es también sponsor del “Barrio Joven”, un espacio ya consolidado dentro de ArteBA, donde artistas y galerías emergentes encuentran su lugar para mostrar sus últimos trabajos y novedades.

La trayectoria de esta bodega junto al arte y la cultura se ha mostrado de diversas formas: donando obras, apoyando a museos y galerías de todo el país y promoviendo a artistas jóvenes a través de las Bienales Chandon y las Culturales Chandon.